Despidos de Bezos  dejan severamente lastimado al Washington Post

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En las calles invisibles de la redacción del Washington Post, donde el aire huele a café frío y promesas rotas, los despidos llegaron como una tormenta del desierto. El 4 de febrero de 2026, más de 300 periodistas cayeron, un tercio de los 800 guardianes de la verdad. Deportes, locales, internacionales: sus voces se apagaron de golpe, dejando ecos en pasillos que antes vibraban con teclados furiosos.

Jeff Bezos, el magnate lejano desde su torre de Amazon, observaba el río de sangre financiera —77 millones perdidos en 2023, 100 en 2024—, mientras el tráfico web se desvanecía como arena entre dedos, partido por la mitad en tres años.

Will Lewis, editor y CEO del Post, entró en escena en 2024 como un jinete del apocalipsis disfrazado de salvador, traído del Wall Street Journal con promesas de rentabilidad. Pero la tijera cortó hondo: 400 puestos ya evaporados desde 2023, buyouts voluntarios, el 4% en enero de 2025 tras negarse a endosar a Kamala Harris —250 mil suscriptores huyeron como beduinos ante la sequía—. El sindicato, ese muro humano de más de 700 almas, alzó la voz en rebelión. Lewis se esfumó durante la masacre, un fantasma en su propio reino, y renunció el 7 de febrero, dejando un vacío que olía a derrota.

De las sombras emergió Jeff D’Onofrio, el contable silencioso, CFO desde 2025, curtido en las batallas digitales de Tumblr, Google y Yahoo. Bezos lo nombró interino «con efecto inmediato», un capitán provisional en un barco que hace agua. Junto a él, Matt Murray en edición y Adam O’Neal en opiniones, como compañeros de viaje en una caravana incierta. No hay horizonte fijo para un líder eterno; solo la urgencia de estabilizar las ruinas, mientras la IA devora noticias y rivales como el Times cosechan suscriptores en campos fértiles.

Bezos adquirió el Post en 2013 por 250 millones, un oasis de tinta en su vasto imperio. Ahora inyecta oro, pero exige cuentas negras, susurrando en reuniones con el nuevo gobierno de Trump, reelegido en 2024. «Sobrevivir a su administración», murmura, mientras ex-fact-checkers lo acusan de favoritismos por Amazon y Blue Origin. El sindicato clama por inversión verdadera, no más cuchillos; la credibilidad es un camello herido, tambaleante bajo el sol implacable de la desconfianza.

La redacción es ahora un campamento de supervivientes, con estrellas como Jeff Stein escapando al desierto, y el podcast Post Reports tambaleándose como tienda rota. Política nacional, negocios, salud: lo que queda en pie, un fuego mínimo contra la noche. ¿Quién vigilará el poder sin ojos en los confines del mundo? Las gentes del Post miran al amanecer con fatalismo antiguo, sabiendo que el periodismo es un viaje sin mapas, donde cada despido es un paso hacia lo desconocido.

El Washington Post, ese coloso herido, yace en la encrucijada de imperios mediáticos. Bajo D’Onofrio provisional, el pulso se acelera: rentabilidad o desaparición. Bezos contempla desde su altura, como un jeque sobre dunas movedizas. El lector, árbitro final, decide con su moneda escasa. La historia del Post no termina; muta, como ríos que cambian cauce en tierras áridas, llevando sus verdades hacia un horizonte incierto.