Del prestigio al descrédito: la corrupción que fractura al poder en México
La narrativa de “superioridad moral” que sostuvo al régimen se desmorona frente a los escándalos, degradación institucional y pérdida de confianza internacional. Popularidad no es sinónimo de integridad: el prestigio ético del poder, morenista, enfrenta su mayor crisis.
Por: Jorge Arturo Estrada | La corrupción no sólo vacía las arcas públicas; también acaba con el prestigio. Y cuando el prestigio se agrieta, el poder comienza a quebrajarse por dentro. En política, la autoridad no descansa únicamente en votos ni en mayorías legislativas: descansa en la credibilidad. Mientras el gobernante conserva prestigio, gana batallas sin necesidad de combatir; su sola presencia impone orden el tablero. Pero cuando la sospecha se instala, como sombra permanente, la vulnerabilidad se vuelve evidente.
En el México actual, el deterioro del prestigio se incubó a través de una narrativa: la “superioridad moral”. Durante años, esa mística funcionó como escudo retórico y arma política. Permitió descalificar adversarios, desarmar críticas y justificar decisiones controvertidas.
Sin embargo, la realidad ha terminado por imponerse. La. Corrupción de políticos y funcionarios morenistas, se desborda. Cada día se revelan más negocios turbios al amparo del poder. Lo que fue presentado como “regeneración del poder” ya es percibido en amplios sectores, como un legado tóxico. Así, la fachada se desmorona, el daño es irreversible, porque la promesa era absoluta.
El contraste más contundente está en las cifras. La aprobación presidencial se mantiene en torno al 70 por ciento gracias a transferencias sociales y programas asistenciales. Pero el prestigio, y la ética, cuenta otra historia: ocho de cada diez mexicanos desaprueban el manejo gubernamental de la corrupción.
A estas alturas de la Cuarta Transformación y del sexenio, ya se revela desconexión inquietante. Popularidad no es sinónimo de integridad. Se puede conservar respaldo político y, al mismo tiempo, perder la autoridad moral. Esa fractura convierte al poder en un gigante con pies de barro: fuerte en la plaza pública, débil en el terreno de la confianza profunda.
La degradación institucional agrava el cuadro. La construcción de una mayoría calificada artificial en el Congreso, la cooptación de legisladores opositores mediante presuntos actos de presión, extorsión o abuso de proyectan una imagen de control basada no en el prestigio democrático, sino en la politiquería. Cuando los contrapesos se someten a la mala, las victorias legislativas pierden legitimidad. Y sin legitimidad, el poder deja de ser autoridad para convertirse en imposición.
El problema trasciende las fronteras. En el escenario internacional, el diagnóstico de agencias estadounidenses que hablan de un “Narcoestado”, con una red donde corrupción política y crimen organizado convergen. Esos señalamientos debilitan la posición del país ante el factor Trump y ante la inminente revisión del T-MEC en 2026. La diplomacia, como la política interna, también se alimenta de prestigio. Y sin él, cualquier negociación parte de una posición de desventaja estructural.
Los indicadores globales confirman la tendencia. México ocupa el lugar 134 de 143 países en percepción de la corrupción, 17 posiciones peor que en 2019. La consecuencia es tangible: salida del top 25 de destinos atractivos para invertir. En las inversiones no hay ideologías, hay pragmatismo. El capital huye de la incertidumbre jurídica, de tribunales debilitados y de entornos donde sólo prosperan quienes mantienen nexos con el poder. Es entonces, que el futuro se vuelve turbulento y se encarece. Veremos.