Estados Unidos interviene Venezuela, captura a Maduro y sacude al mundo
Explosiones en Caracas, ataques a bases militares y un presidente detenido. Washington decidió actuar por la fuerza contra el régimen de Maduro, desatando una tormenta diplomática global y reactivando las intervenciones militares en América Latina.
El mundo despertó el 3 de enero de 2026 con una noticia que parecía sacada de otra época. Estados Unidos lanzó una operación militar, a gran escala, contra Venezuela y, según confirmó el propio Donald Trump, el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados. No fue una escaramuza ni un mensaje diplomático: fue un golpe directo al corazón del régimen chavista. Explosiones en Caracas, apagones, humo sobre instalaciones estratégicas y el uso de fuerza aérea marcaron una madrugada que reconfiguró el tablero hemisférico.
La operación, ejecutada alrededor de las dos de la mañana, incluyó ataques aéreos coordinados y, presuntamente, el despliegue de fuerzas especiales en tierra. Los objetivos fueron claros: instalaciones vinculadas al poder político y militar de Maduro, acusado por Washington de narcotráfico, corrupción y vínculos con redes criminales transnacionales. No se trató de una advertencia, sino de una acción diseñada para descabezar al régimen y enviar un mensaje inequívoco al resto del continente.
Desde Caracas, la respuesta oficial fue inmediata y airada. El gobierno venezolano calificó el ataque como una “agresión armada grave” y una violación flagrante de la soberanía nacional. La vicepresidenta Delcy Rodríguez exigió pruebas de vida de Maduro y su esposa, aseguró desconocer su paradero y denunció bombardeos en zonas civiles, sin confirmarlo. La solicitud de una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU evidenció que, para el chavismo, la batalla ya se trasladó de inmediato al terreno diplomático.
Donald Trump, fiel a su estilo, habló sin matices. Desde su plataforma Truth Social celebró la operación como un éxito. Confirmó que Maduro sería trasladado a Estados Unidos para enfrentar cargos de narcotráfico pendientes desde 2020. El presidente estadounidense afirmó que la acción fue coordinada con agencias de seguridad y que incluyó ataques contra buques sospechosos en el Caribe, en un intento por desmantelar lo que calificó como un “narco-Estado”.
El saldo humano, sin embargo, revela el costo de la intervención. Reportes preliminares hablan de personas muertas en 35 ataques confirmados, con daños en infraestructura y zonas urbanas. El aeropuerto de La Carlota, Fort Tiuna y otros puntos estratégicos fueron alcanzados, mientras videos en redes sociales mostraban escenas de alarma, sirenas, edificios humeantes y una ciudad sumida en la incertidumbre.
La reacción internacional no se hizo esperar y fue cautela, sorpresa y de condena. Rusia habló de una agresión militar injustificada y reiteró su respaldo a Venezuela. Cuba calificó la operación como “terrorismo de Estado” y exigió una respuesta global. Irán denunció la violación de la soberanía venezolana y llamó a resistir lo que considera la arrogancia estadounidense. El eje antiestadounidense cerró filas.
En América Latina, Colombia rechazó la intervención y reforzó su frontera, temiendo un desbordamiento del conflicto. Trinidad y Tobago se deslindó de cualquier participación, mientras otros gobiernos optaron por un prudente silencio. La región, históricamente marcada por intervenciones externas, vuelve a enfrentar el dilema entre la condena al autoritarismo y el rechazo al uso unilateral de la fuerza.
Europa reaccionó con cautela, pero sin ambigüedades jurídicas. La Unión Europea llamó a la contención y al respeto al derecho internacional, aun reconociendo la falta de legitimidad democrática del régimen de Maduro. España ofreció mediación, mientras voces en Italia y Alemania advirtieron que el mundo parece regresar a la lógica de la fuerza, en detrimento de las reglas multilaterales.
El trasfondo del conflicto no es nuevo. Desde hace años, Washington acusa a Maduro de encabezar una red de narcotráfico y de sostener su poder mediante represión y fraude electoral. Las sanciones, el aislamiento diplomático y los intentos fallidos de presión no lograron el objetivo. Esta vez, Estados Unidos decidió cruzar una línea que no se cruzaba en la región desde Panamá en 1989.
Las consecuencias aún son imprevisibles. Venezuela podría hundirse en una mayor inestabilidad interna. El mundo observa, entre la sorpresa y el azoro cómo una operación militar redefine las relaciones hemisféricas. Lo ocurrido en Caracas no es solo un episodio venezolano: es una señal de que el orden internacional atraviesa una nueva fase. La diplomacia timorata ya no funciona.