Ryan Wedding no se entregó: la captura que enfrenta a México y Estados Unidos
El abogado del ex atleta olímpico canadiense desmiente la versión del gobierno mexicano y afirma que Wedding fue arrestado por agentes del FBI, no entregado voluntariamente, reavivando el debate sobre la cooperación bilateral en seguridad.
La verdad, como casi siempre en el poder, llegó envuelta en palabras. No en hechos. “No se entregó. Fue arrestado.” La frase, seca, sin adjetivos, pertenece a Anthony Colombo Jr., abogado defensor de Ryan James Wedding, ex atleta olímpico canadiense y hoy acusado de narcotráfico y asesinato en Estados Unidos. Con ella, el jurista desmontó la versión difundida por el gobierno mexicano, que hablaba de una entrega “voluntaria” del fugitivo ante la embajada estadounidense. Wedding no llegó caminando a la justicia. Llegó detenido.
La diferencia no es menor. En la semántica del Estado, entregarse implica control; ser arrestado, pérdida de él. Colombo fue claro: cualquier intento por presentar la captura como una rendición pactada es, dijo, “inexacta”. Según su versión, la detención fue ejecutada por agentes norteamericanos bajo la dirección del FBI, sin el matiz diplomático de la cooperación bilateral que el Palacio Nacional ha insistido en negar.
Desde Palacio Nacional, se sostuvo que Wedding se presentó por decisión propia, convencido —según su apreciación— de que era mejor enfrentar a la justicia que continuar huyendo. Se reiteró, además, que México no permite operaciones conjuntas de fuerzas extranjeras en su territorio, posición que, aseguró, ha comunicado de forma personal al presidente estadounidense Donald Trump.
Dos relatos. Dos verdades. Y en medio, un hombre que pasó del hielo olímpico a la sombra del crimen transnacional.
Ryan Wedding enfrenta cargos por tráfico de cocaína y asesinato en cortes de Estados Unidos. Durante años figuró en la lista de los fugitivos más buscados del FBI, que ofrecía hasta 15 millones de dólares por información que condujera a su captura. Este lunes se declaró no culpable ante una corte de California.
Según la fiscal general estadounidense, Pamela Bondi, Wedding encabezaba una organización criminal capaz de mover decenas de toneladas de cocaína cada año desde Colombia, atravesando México, hacia Estados Unidos y Canadá. Una empresa criminal con logística, rutas y disciplina: la antítesis del deportista que alguna vez representó a su país.
Su caída deportiva fue temprana. En los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City 2002, Wedding terminó en el lugar 24 en eslalon gigante paralelo de snowboard. Un resultado discreto, casi invisible. Después, el descenso fue otro: más oscuro, más rentable, más letal.
Los operativos realizados en la Ciudad de México y el Estado de México revelaron el tamaño del imperio. Cuatro cateos dejaron al descubierto 62 motocicletas de alta gama, valuadas en alrededor de 40 millones de dólares, además de dosis de metanfetamina, marihuana y un objeto inquietante: medallas olímpicas cuya procedencia aún se investiga, y que Wedding jamás ganó en competencia alguna.
En ese detalle se condensa la historia completa: símbolos adquiridos, méritos falsificados, prestigio comprado. En el mundo del poder —sea político, deportivo o criminal— la narrativa importa tanto como los hechos.
Por ahora, Wedding duerme bajo custodia estadounidense. Y México y Estados Unidos discuten, no sobre su culpa, sino sobre quién escribe la versión final de su caída.