Sonido Mazter: un ritmo que nació desde la cumbia y el acero
Monclova no es ciudad para débiles. Aquí el aire huele a metal fundido y el horizonte lo decoran las chimeneas. En 1989, mientras el país cambiaba de piel y la política aprendía nuevas mañas, un grupo de jóvenes decidió que el ruido de las acereras podía transformarse en música. Juan José Flores, guitarrista y director, reunió a los suyos y fundó Sonido Mazter. No sabían entonces que estaban levantando algo más que una agrupación: estaban construyendo una marca popular, un símbolo regional, una empresa del baile.
Al principio probaron nombres, como quien ensaya trajes antes de salir al escenario: “Grupo Lasser”, “Cupido”. Hasta que entendieron que la identidad debía sonar fuerte, rotunda, como golpe de martillo. Con Rosalio Cortina en los teclados, Juan José Guadalupe Ibarra en la batería, José Guadalupe Guerrero y José Luis Gutiérrez en las voces, Antonio Aldape en el bajo y Cipriano Maldonado animando la fiesta, encontraron el tono exacto: cumbia grupera con acento norteño. Así nació el “Sonido de Acero”, apodo que no era metáfora sino declaración de origen.
El éxito no tardó en llegar. “El Último Beso”, en 1990, comenzó a sonar en radios locales y en salones de baile donde las parejas se buscaban con la urgencia de quien necesita olvidar la semana. Después vino “Falsa Traición”, y el grupo dejó de ser promesa para convertirse en fenómeno. Los noventa fueron su década dorada. Discos como 15 Éxitos, Triángulo de Amor y Dulce Como La Miel se multiplicaron en casetes y compactos. Canciones como “Este Dolor”, “Quiéreme” y “Un Hombre Normal” acompañaron bodas, ferias y desvelos.
Con el nuevo siglo llegaron más producciones —cerca de 19 en total— y giras que cruzaron fronteras. Estados Unidos, Sudamérica, Argentina. Sonido Mazter dejó de ser patrimonio exclusivo de Coahuila para convertirse en embajador involuntario de la cumbia norteña. Los premios Billboard Latino, Lo Nuestro y Juventud adornaron su historia. El Disco de Oro confirmó que el éxito no era improvisación, sino constancia. En un medio donde abundan las promesas efímeras, ellos apostaron por la permanencia.
No todo fue fiesta. La pandemia de 2020 apagó escenarios, pero no su voluntad. Transmitieron conciertos desde la virtualidad, llevando el baile a salas y pantallas. La pérdida del vocalista Eliseo, Cheo, Martínez, Cheo, dejó un vacío que dolió en el público. La incorporación de Pepe Guerrero fue más que un relevo: fue la decisión de seguir adelante sin dramatismos ni rupturas públicas. En la música popular, como en la política que tanto retraté en mis novelas, sobrevivir es un arte que exige sangre fría.
Hoy, en 2026, Sonido Mazter sigue girando. Las redes sociales anuncian fechas; Spotify y Apple Music mantienen viva la discografía. Más de 35 años después, el grupo representa algo que va más allá del espectáculo: es orgullo de Monclova, memoria sentimental de miles de familias y testimonio de que el acero también puede cantar. Porque en esta tierra dura, donde todo parece forjado a golpe de fuego, la cumbia encontró su fábrica y su destino.