México ante la censura: cuando la verdad entra en disputa con el poder
Mientras aumentan los señalamientos internacionales sobre presuntos vínculos entre política y crimen organizado, la iniciativa para regular contenidos mediáticos coloca en el centro de la discusión el derecho de los ciudadanos a recibir información libre, plural e independiente.
Por: Jorge Arturo Estrada García | La tormenta política arrecia en México. Golpea en dos frentes. El primero, llega desde Washington, en donde las investigaciones, procesos judiciales y reportajes sobre presuntos vínculos entre actores políticos mexicanos y organizaciones criminales incrementan la presión sobre el gobierno federal. El segundo, se intensifica dentro del país, en donde los escándalos de corrupción, de los guindas, se multiplican. De esta forma, Morena, agobiados, implementa medidas que intentan controlar el flujo de información. Ya se le señala como “Ley Mordaza”.
El Palacio Nacional presenta a esta «Ley Mordaza», como una defensa de los derechos de las audiencias. Sin embargo, ya es percibida por amplios sectores como un instrumento para restringir al periodismo de investigación y reducir los espacios de la crítica.
Las señales provenientes de Estados Unidos son mensajes políticos de alta intensidad. Diversos funcionarios y analistas, estadounidenses, han reiterado la existencia de preocupaciones por la infiltración del crimen organizado en estructuras políticas mexicanas. Entre estos, se agrega la publicación del artículo El problema de México, del comentarista estadounidense Bill O’Reilly, reposteado por Donald Trump, en donde cuestiona directamente a la presidenta Claudia Sheinbaum por rechazar la participación de operaciones militares estadounidenses contra los cárteles dentro del territorio nacional.
De esta forma, investigaciones periodísticas, en ambos lados, de la frontera, continúan revelando presuntos casos de corrupción que alcanzan a personajes relevantes del oficialismo, alimentando un ambiente de creciente polarización política.
En esta atmósfera, emerge una iniciativa que redefine la relación entre el Estado y los medios de comunicación. Bajo el argumento de proteger a las audiencias de la desinformación, la propuesta otorga amplias facultades para sancionar a los medios que publiquen información sustentada en filtraciones, documentos reservados o fuentes anónimas.
Las multas contempladas representarían un riesgo financiero, considerable, para empresas periodísticas y podrían incentivar la autocensura como mecanismo de supervivencia, señalan diversos especialistas. En los hechos, el debate deja de centrarse en el derecho de las audiencias y coloca sobre la mesa un derecho aún más amplio: el derecho de los ciudadanos a recibir información libre, plural y sin la tutela del poder político.
La historia del periodismo demuestra que las grandes investigaciones nacieron precisamente de documentos confidenciales y fuentes protegidas. Casos emblemáticos como Watergate, los Panamá Papers o múltiples investigaciones sobre corrupción en América Latina difícilmente habrían prosperado bajo un esquema donde el gobierno pudiera sancionar la difusión de información considerada «no veraz» por la propia autoridad. La verdad periodística suele adelantarse durante meses o incluso años a la verdad judicial. Convertir al gobierno en árbitro definitivo de la verdad implica trasladar al poder político una facultad incompatible con una democracia liberal.
El contexto actual es relevante. Mientras en cortes estadounidenses continúan procesos relacionados con presuntas redes de corrupción y narcotráfico, que podrían salpicar a figuras políticas mexicanas, la iniciativa legislativa es interpretada por diversos analistas como una estrategia para disminuir el impacto de las futuras revelaciones.
Al mismo tiempo, la corrupción, lejos de disminuir, sigue ocupando espacios amplios en la conversación pública, mientras la respuesta oficial parece orientarse más al control de las narrativas que al combate de las irregularidades.
A este escenario, se suma un deterioro de la confianza en las instituciones electorales.
México, está ante una coyuntura decisiva. La corrupción se convierte en tema cotidiano, y aumentan las restricciones, las sanciones y la concentración del poder sobre la información. Entonces, surgen preocupaciones importantes sobre la calidad de la vida democrática.
La libertad de expresión nunca ha sido un privilegio de los periodistas; de hecho, constituye una garantía para los ciudadanos. Sabemos, muy bien, que cuando el poder pretende decidir qué puede decirse y qué debe callarse, la primera víctima no es la prensa: es el derecho de la sociedad a conocer la verdad y exigir cuentas a quienes nos gobiernan. Veremos.