Del Palacio Nacional a los tribunales de Estados Unidos: la agonía moral del obradorismo
Morena, enferma de sí misma, ve cómo sus cimientos podridos colapsan bajo el peso de la corrupción generalizada y la presión de Trump. Lo que viene podría ser el desmantelamiento sistemático de un proyecto construido sobre la revancha y el autoritarismo.
Por: Jorge Arturo Estrada García | El reto que enfrenta la Cuarta Transformación es de sobrevivencia política y moral. En primera instancia, debe administrar una herencia maldita cuyo legado es francamente tóxico. Lo que hace apenas dos años se presentaba como un proyecto histórico, de consolidación del obradorismo y salvación nacional, se ha revelado como una empresa de poder personal cuyos cimientos están podridos.
Así, el Palacio Nacional, se atrinchera e intenta resistir mientras la demagogia agota sus desgastados desplantes. Es un retrato de una ideología arcaica que se desploma bajo el peso de sus propias contradicciones: y los pecados, acumulados, de sus aliados internacionales. Es evidente, que en la actualidad, la izquierda internacional es sinónimo de autoritarismo y corrupción. Desde la Cuba legendaria hasta la 4T mexicana, pasando por Brasil, Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador. Nicaragua y hasta España. En donde el PSOE, de Pedro Sánchez, se debate intentando salvar a su gobierno en medio de escandalosos procesos judiciales. Simultáneamente, el obradorismo mexicano se debate en su propia agonía moral.
En México, el cáncer del obradorismo ha metastatizado hasta las entrañas de Morena, enferma de sí misma, corroída por una corrupción que ya no es una anomalía, y que ya se convirtió en sistema. La ironía es brutal: aquellos que se erigieron como jueces morales de la República podrían terminar siendo juzgados en tribunales estadounidenses bajo los mismos cargos que enviaron a la cárcel a Genaro García Luna. Así, el obradorato podría ser medido con la misma vara con que se midió al calderonismo, pero elevado a la enésima potencia, en su versión más poderosa. La realidad, esa vieja conocida, tan tenaz, que la retórica oficial intentó negar durante siete años, atropella sin piedad a quienes construyeron un relato de transformación sobre arenas movedizas.
El segundo piso de la llamada Transformación se desmorona estrepitosamente mientras intenta, inútilmente, encubrir las grietas del primero. Ambos niveles colapsan, simultáneamente, porque los cimientos están irremediablemente podridos. Al norte del Bravo, Washington ya cuenta con los elementos necesarios para actuar; México ha dejado de cumplir con las demandas mínimas de la Casa Blanca en materia de seguridad, gobernabilidad y estado de derecho. La paciencia estadounidense tiene límites, y la administración de Donald Trump, junto con los jurados federales, podría convertirse en los verdugos inesperados de un proyecto que se creyó blindado por el apoyo popular, pero que nunca resolvió sus demonios internos.
Así, las piezas del dominó comienzan a caer con una precisión casi quirúrgica. Lo que viene no es solo un cambio de régimen o una alternancia política: podría ser el desmantelamiento, sistemático, de una visión de país que confundió la transformación con la revancha, la justicia con la persecución, y la soberanía con la ideología.
Las cosas se ponen intensas, y fascinantes, desde la perspectiva del análisis político. Veremos si el obradorismo logra sobrevivir a sus propios excesos o si, como todo proyecto construido sobre la arena del autoritarismo y la complicidad, termina siendo barrido por el peso insoportable de la realidad y la justicia. El reloj corre, y la historia, esa jueza implacable, ya tomó nota de todo. Veremos.