La legitimidad ya la perdió, ahora Morena pretende quedarse con el poder absoluto

15062026cuatropoderes
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Mientras Washington eleva la presión sobre presuntos nexos entre políticos y organizaciones criminales, el gobierno mexicano enfrenta una economía estancada, instituciones electorales cuestionadas y una ciudadanía cada vez más dispuesta a utilizar el voto útil. El reto para Morena es conservar el poder cueste lo que cueste.

Por: Jorge Arturo Estrada García | En el Palacio Nacional y en Palenque parecen haber llegado a una conclusión inquietante: la batalla principal ya no es electoral ni económica, ya es un conflicto  judicial. Simultáneamente, las acusaciones provenientes de Estados Unidos, contra figuras cercanas al obradorismo, continúan acumulándose. Entonces, la defensa férrea del exgobernador, Rubén Rocha Moya, se ha convertido en una prioridad estratégica para el oficialismo. 

Su lógica es simple y brutal. Si cae Rocha, podrían venir por otros personajes. Por eso el discurso gubernamental gira cada vez más alrededor de la soberanía nacional. Mientras, Washington insiste en colocar a México bajo los agresivos señalamientos de la penetración del crimen organizado en las estructuras del poder.

Así, la presión externa se combina con una erosión interna cada vez más visible. La derrota de Morena en Coahuila abrió una grieta política que pocos esperaban. El fracaso del partido oficial en una entidad donde apostó recursos, operadores y narrativa dejó al descubierto problemas de coordinación, ausencia de liderazgos competitivos y un creciente desencanto entre amplios sectores del electorado. El retiro de Andrés “Andy” López Beltrán de la operación partidista, antes de la elección, fue interpretado como el reconocimiento de una derrota inevitable. El resultado terminó por confirmarlo.

Mientras tanto, las instituciones electorales ya perdieron legitimidad. Las controversias alrededor del Instituto Nacional Electoral y del Tribunal Electoral han debilitado la confianza pública en los árbitros del sistema democrático. A ello se suma la polémica figura de los llamados «coordinadores para la Defensa de la Transformación», un mecanismo político, morenista, que la oposición ya considera como una forma anticipada de posicionar candidaturas al margen de los tiempos legales. La discusión ya no es solamente quién ganará en 2027, sino bajo qué reglas se desarrollará la competencia. La legitimidad ya se perdió.

El panorama económico tampoco ofrece buenos resultados. El crecimiento permanece estancado, la deuda pública continúa aumentando y la revisión del T-MEC se aproxima como una prueba de fuego para el gobierno mexicano. Washington utiliza la negociación comercial como una poderosa herramienta de presión para exigir resultados en materia de seguridad, combate a la corrupción y desarticulación de redes criminales. Para México, el tratado representa una necesidad vital. Para la Casa Blanca, se ha convertido en una palanca geopolítica de primer orden.

Sin embargo, la relación bilateral atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas. La administración de Donald Trump ha endurecido su discurso contra los cárteles y contra los funcionarios que, según las autoridades estadounidenses, les brindan protección política. Las amenazas de acciones unilaterales, las investigaciones judiciales en curso y la posibilidad de nuevas acusaciones mantienen al gobierno mexicano bajo una presión constante. Lo que antes era una agenda centrada en comercio e integración económica se ha transformado en un conflicto en donde la seguridad nacional ocupa el centro de la mesa.

Así, en medio de este escenario, Morena enfrenta un dilema histórico. Puede optar por reconstruir su credibilidad, o puede atrincherarse en una narrativa defensiva mientras las presiones externas e internas continúan creciendo. Las clase medias molestas, dispuestas a usar el voto útil, los cuestionamientos internacionales y la incertidumbre económica parecen formar parte de una misma historia. Una historia en la que el verdadero desafío para la Cuarta Transformación ya no es conquistar más poder, sino conservar la legitimidad necesaria para ejercerlo. El otro camino es reconstruir la dictablanda. Veremos.