México, bajo la lupa de Washington: seguridad, T-MEC y geopolítica marcan la nueva relación bilateral
La administración de Donald Trump endurece su política hacia México al colocar el combate al crimen organizado y la seguridad nacional por encima de la integración económica. La incertidumbre comercial y la presión diplomática abren una nueva etapa para Norteamérica.
Por: Jorge Arturo Estrada García | El mensaje es claro. Las cosas vienen intensas. México está en la lista de objetivos, de Donald Trump, para las próximas semanas. Durante tres décadas, la relación entre México y Estados Unidos descansó sobre un principio básico: el comercio era el mejor instrumento para garantizar la estabilidad política de Norteamérica. Ahora, ese paradigma se agotó. La administración de Trump ha desplazado el libre comercio del centro de la agenda bilateral. Ahora, la seguridad, en el vecino país, es lo relevante.
Bajo esa nueva doctrina Donroe, los cárteles mexicanos fueron designados como organizaciones terroristas. La cooperación económica quedó subordinada a la capacidad del Estado mexicano para combatir al crimen organizado, en serio y sin trucos. El cambio redefine las reglas bajo las cuales se desarrollará la relación entre ambos países, en la actualidad.
En ese nuevo escenario, Washington, ha endurecido el escrutinio sobre los presuntos vínculos entre organizaciones criminales y actores políticos mexicanos. Investigaciones del Departamento del Tesoro, y otras agencias estadounidenses, han señalado que el llamado huachicol fiscal podría servir como mecanismo para financiar redes de corrupción y lavado de dinero. Sin embargo,, autoridades mexicanas han rechazado esos señalamientos y exigen pruebas. De esta forma, se ha elevado la tensión diplomática y se han colocado temas de seguridad y corrupción en el centro del debate bilateral.
Las repercusiones ya alcanzan a la economía. La revisión periódica del T-MEC, en sustitución de un horizonte de mayor estabilidad, introduce incertidumbre para inversionistas y empresas que dependen de reglas claras para planificar proyectos de largo plazo. A ello, se suman los aranceles aplicados por Estados Unidos con fundamento en razones de seguridad nacional y las nuevas exigencias sobre contenido regional en la industria automotriz. Así, los sectores estratégicos que impulsaron el nearshoring perciben, ahora, un entorno menos estable y con mayores riesgos regulatorios.
La disputa también tiene un claro componente geopolítico. La Casa Blanca busca contener la expansión económica de China en América del Norte y observa con especial atención cualquier intento de utilizar territorio mexicano como plataforma para exportar manufacturas asiáticas hacia el mercado estadounidense. En consecuencia, México queda situado en el centro de una competencia entre las dos mayores potencias económicas del mundo. Mantener abiertas las puertas a la inversión extranjera, sin deteriorar la relación con su principal socio comercial, será uno de los mayores desafíos para la política exterior y económica del país.
Así, la certidumbre que caracterizó la integración norteamericana comienza a erosionarse. Entonces, seguridad, comercio, combate a la corrupción y competencia geopolítica forman ahora parte de una sola negociación. Para México, el reto no consiste únicamente en defender el principio de soberanía, sino en recuperar el Estado de derecho, ofrecer confianza a los inversionistas y preservar la credibilidad en las instituciones. En este nuevo escenario internacional, la fortaleza económica dependerá cada vez más de la confianza política que el país sea capaz de generar dentro y fuera de sus fronteras. Es un panorama complicado. Veremos.